sábado, 11 de octubre de 2014

NOS QUEDA LA PALABRA 24



JUEVES 7 DE NOVIEMBRE DE 2013

PROGRAMA 2  / CURSO 2013 -14

ESPIADOS, VIGILADOS, ESCRUTADOS

El espionaje ha sido uno de las prácticas más habituales y más antiguas de la humanidad que, bien con fines bélicos, industriales, de seguridad o estratégicos, se ha saltado todas las reglas, las normas y las leyes establecidas con el argumento o con la disculpa de que se hacía por el bien de la nación o de sus ciudadanos.
Durante mucho tiempo fue el confesionario el lugar en el que todos los fieles confiaban sus más íntimos secretos al oído atento del escuchador, el espacio en el que ponían a disposición del sacerdote de turno su privacidad y su intimidad a cambio del perdón de sus pecados. Se pensaba que era un buen trato: desnudar nuestro espíritu y exponer nuestro pudor a cambio de la gracia y el perdón.
Nunca un sistema de espionaje fue tan efectivo ni contó con tanto beneplácito, al menos aparente, en la sociedad, pues eran los mismos feligreses los que voluntariamente se sometían al hábil interrogatorio del señor del confesionario y le contaban, entre pregunta y pregunta, sus cuitas, sus intimidades y sus secretos y, aunque todo ello estaba avalado por el secreto de confesión (como ahora por el secreto profesional), la mirada del sacerdote, cuando era necesario, te recordaba que él sabía lo que hiciste todos los veranos de tu vida.
Complementarios al confesionario, aunque menos considerados y aceptados y más criticados socialmente, eran los locutorios telefónicos, sobre todo los de las localidades pequeñas, por los que pasaba toda la información de familiares, amigos, amantes, novios y conocidos, noticias de todo tipo, gozosas y amargas, que eran auscultadas por oídos diestros y atentos y transmitidas de boca en boca desde el locutorio de origen, pasando por las comadres de turno hasta todos los rincones de la localidad sin el conocimiento y sin el consentimiento  expreso de los interesados.
Los tiempos han cambiado, sí, pero no el afán de recabar información que, a la postre, siempre se transforma en conocimiento o en poder, según en las manos de quien se aloje dicha información.
Por otra parte, los sistemas de espionaje siempre han funcionado y actuado al margen de la legalidad, amparándose para ello en la falacia de la pretendida protección de aquellos a los que incluso se espiaba.
La obsesión por la seguridad en los tiempos actuales nos ha llevado a confiar, posiblemente en exceso, en nuestros representantes y en nuestras instituciones, concediéndoles más poder del que era necesario para garantizar una tranquilidad hipotética. A cambio hemos cedido gran parte de nuestra libertad e incluso de nuestros principios y valores, imprescindibles para habitar un futuro que merezca la pena.

Joaquín Paredes Solís

Noviembre de 2013




 JOSÉ RAMÓN HERNÁNDEZ, JOAQUÍN PAREDES, PEDRO EMILIO LÓPEZ y TINO SORIA




No parece que se mida con el mismo rasero si espía Edward Snowden que si espía la Agencia de Seguridad Nacional de EE.UU (NSA). A uno, que ha mostrado el juego sucio de los Estados (o de EE.UU), se le persigue para juzgarlo, y a los otros, seguramente, no les pasará nada, a pesar del escándalo.              

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NOS QUEDA LA PALABRA 23


JUEVES, 31 DE OCTUBRE DE 2013

PROGRAMA 1 / CURSO 2013-14

DEL RESPETO A LAS LEYES

Cuando creamos la casa común, la ciudad o el Estado, dotamos también a esos espacios para la convivencia de leyes y normas que permitan regularlos y preservarlos incluso de la erosión de nuestros propios egoísmos, ruindades e intereses.
No todos, sin embargo, tienen el mismo aprecio por ese espacio común ni por las personas que lo habitan o por las normas que los regulan, y sus actos suelen ser violentos, irracionales y destructivos, sobre todo cuando las normas o el propio espacio colectivo están en contra de sus deseos y de sus propósitos, de sus egolatrías, de sus arquetipos o de los moldes que ellos fabrican para justificar sus atrocidades.
Pero ese espacio común que vamos construyendo entre todos, el Estado de derecho, no puede hacer normas diferentes para unos y para otros, que romperían el principio de igualdad en el que se fundamenta. En él tienen cabida no solo los que lo respetan y lo cuidan, sino también los que delinquen e intentan resquebrajarlo: los terroristas, los violadores, los asesinos, los corruptos y los corruptores habitan, se cobijan y se refugian bajo el paraguas protector de sus normas. Esa la grandeza y la miseria del Estado que nos aloja a todos, pues incluso los que no lo quieren o los que tratan de destruirlo son igualmente amparados y protegidos por sus leyes. Esa es la grandeza del sistema, aunque a algunos no se lo parezca.

Joaquín Paredes Solís

Octubre de 2013.


FRANCISCO LANCHO,  JOAQUÍN PAREDES  y  JUAN VERDE


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